Aplicaciones de superconductores (I)

Después de los tres artículos sobre superconductores (1, 2 y 3), vamos a explicaros para qué pueden usarse estos materiales con propiedades tan extraordinarias.

Como los superconductores no ofrecen resistencia al paso de corriente (¿os acordáis?), pueden utilizarse para almacenar una determinada cantidad de corriente eléctrica en un circuito cerrado. Como no hay disipación de energía, puede estar circulando durante mucho tiempo hasta que sea necesaria. Esto es útil, por ejemplo, en zonas industriales, donde el suministro eléctrico durante el día se utiliza continuamente pero donde la producción es mínima por la noche, o en centrales hidroeléctricas y parques eólicos con aerogeneradores, puesto que la electricidad generada en estos lugares se pierde si no se consume.

Los imanes superconductores generan campos magnéticos muy intensos sin pérdidas de energía, que pueden aprovecharse para construir aceleradores de partículas. En ellos, se puede hacer que las partículas colisionen a altas velocidades permitiendo crear otras nuevas cuyo tiempo de vida suele ser muy breve. De esta manera, es posible estudiarlas en unas condiciones controladas.

Gracias al efecto Meissner-Ochsenfeld, es posible también la fabricación de trenes de levitación magnética (maglev). Los imanes repelen al superconductor (diamagneto perfecto) “levitando” sobre él debido al campo magnético opuesto al del imán. Para ello, es necesario mantener refrigerado el superconductor con nitrógeno líquido (a -196 ºC). En Shangai ya hay operativo un tren maglev desde 2002 que alcanza la friolera de 430 km/h. Hacer ésto con un tren convencional requeriría un aporte energético demasiado grande.

Os dejamos con un vídeo de un mini-tren de levitación. Si no fuera por el rozamiento con el aire (y porque el nitrógeno líquido se va evaporando), podría seguir dando vueltas a la vía sin parar…

Una parcelita en el mar de la tranquilidad

Si bien estos días solo hemos escuchado que si reuniones entre Obama y los tripulantes del Apollo XI, que si se cumplen 40 años desde el primer paseo espacial; en esta ocasión me ha parecido muy oportuno hablar sobre un tema que me parece curiosísimo: se trata de la comercialización de parcelas de nuestro querido sistema solar.

Todo comienza en 1954, cuando Jenaro Gajardo Vera, abogado chileno, amén de pintor y poeta, se oficializa como propietario legítimo de la luna inscribiéndola como tal en el Conservador de Bienes Raíces de Talca (Chile). Pues bien, el abogado se hizo famoso al instante por su enorme propiedad y fue entrevistado en varios programas estadounidenses. En 1969, antes de que se llevara a cabo la misión del Apolo XI, el presidente Nixon envió una carta a Jenaro que decía lo siguiente:

«Solicito en nombre del pueblo de los Estados Unidos autorización para el descenso de los astronautas Aldrin, Collins y Armstrong en el satélite lunar que le pertenece.»

A lo que el abogado contestó:

“En nombre de Jefferson, de Washington y del gran poeta Walt Withman, autorizo el descenso de Aldrin, Collins y Armstrong en el satélite lunar que me pertenece, y lo que más me interesa no es sólo un feliz descenso de los astronautas, de esos valientes, sino también un feliz regreso a su patria. Gracias, señor Presidente”.

Lo cierto es que a su muerte (1998), Jenaro dejo escrito un testamento que daba como herencia la luna al pueblo chileno. Pero la historia no acaba aquí, en 1980, un estadounidense llamado Dennis M. Hope registró la luna como su propiedad (junto con el resto de planetas y satélites de los mismos) y fundó una empresa a la que llamó “Embassy”, y que se dedica desde entonces a la venta de parcelas lunares por un valor de 19,99 dólares. Parece broma, pero realmente a la pregunta de si es millonario, él responde:

“Lunar Embassy ha vendido hasta el momento propiedades por valor de 10 millones de dólares”.

Y es que está de moda entre las celebrities de Hollywood comprarse una parcelita lunar (Tom Hanks, Clint Eastwood, George Lucas…)

Una pelea épica.

Virgiliu Pop, un joven rumano, registró el Sol a su nombre para protestar contra la (según él) ridícula iniciativa de la emprese lunar Embassy; y lo mejor de todo es que le mando una factura de 30 millones de dólares a Hope por utilizar su energía. La respuesta de Hope fue original a más no poder:

“Hemos decidido no utilizarla, por favor, apáguela”

Finalmente, me gustaría acabar diciendo que existe un tratado del espacio exterior acordado en la ONU, por el que se establece que ninguna nación puede ser propietaria de ningún planeta…¡pero no dice nada de particulares! Así que ya sabéis: a la oficina todos que aún faltan muchos planetas por descubrir y por registrar. Se acabó la crisis.