Innovación

Éste artículo lo escribí para el grupo de divulgación del recién creado Instituto de Síntesis Química y Catálisis Homogénea (ISQCH) del CSIC, donde trabajo actualmente. Trata sobre la importancia de la creatividad en la innovación. Espero que os guste.

En el ISQCH, hacemos I+D+i. O seguro que eso dicen todos los papeles oficiales. La primera i, mayúscula, es porque investigamos. Muchos se preguntan qué es exactamente eso. Se trata, como bien define la RAE, de trabajar y estudiar para intentar descubrir algo desconocido y ampliar, así, los conocimientos que tenemos sobre una materia cualquiera. La de es de desarrollar, el verbo que nos permite avanzar en la comprensión de una ciencia. Y queda la i pequeñita, la que mucha gente olvida. Y se olvida, seguramente, porque es la más complicada de hacer. La i minúscula viene de innovar.

Innovar es tomar algo que ya existe y darle un enfoque o un uso totalmente nuevo. Innovar es algo como lo que ha hecho Clara Lazen, una niña de diez años que vive en Estados Unidos. Su profesor de ciencias le dio unos modelos moleculares que formaban la estructura de la nitroglicerina. Ella, tras juguetear un rato con ellos, formó otra molécula, aparentemente imaginaria. Con la curiosidad que todos los niños tienen, preguntó al señor Boehr, su profesor, si eso que ella había creado podría ser real. Él no supo qué decir. Los átomos nitrógeno tenían tres valencias, los de oxígeno dos y los de carbono cuatro. Todo encajaba, pero eso no era nada. O al menos no era nada conocido.

Kenneth Boehr, en vez de desmontar los modelos y decirle a Clara que se había inventado algo inexistente, hizo una foto a los modelos y se los mandó a un colega de la Humboldt State University de California. Este vio que la molécula imaginaria cumplía todos los requisitos para ser real y que, por qué no, el tetranitratoxicarbono podría existir. El investigador, Robert Zoellner, además de confirmar la posible existencia de la molécula, lanzó unos cálculos por ordenador que demostraron que esta molécula podría llegar a ser sintetizada en el laboratorio. Eso sí, la tensión de los enlaces químicos sería tal que el compuesto sería una explosivo de lo más eficaz.

Clara innovó (y de paso, publicó un artículo en Computational and Theoretical Chemistry). Probablemente, innovó porque no sabía las reglas del juego. Pero eso es, precisamente, innovar. Olvidar por un momento lo que ya sabemos, olvidar para qué sirven las cosas, olvidar las verdades absolutas de los libros, enfrentarnos a un folio en blanco y crear algo que jamás antes haya sido creado.

Fuentes: Alt1040, The Escapist, The Mary Sue.

 

Implante coclear

El implante coclear es un aparato de alta precisión que se implanta en pacientes que padecen sordera y que restablece su audición. Sin embargo, hay que recordar que se trata de una prótesis, por lo que no cura definitivamente la sordera.

El oído humano tiene la misión captar, codificar y transferir al cerebro la información sonora del entorno.

El sistema auditivo está formado por tres partes diferentes especializadas: el oído externo, el oído medio y el oído interno. Es en este último donde se coloca el implante coclear. Cada uno de los tres elementos que integra el sistema auditivo está especializado en una tarea; si una de las partes fallara, las partes sanas dejarían de cumplir con su función. Para las personas cuya audición es normal, el mecanismo es el siguiente: las ondas sonoras atraviesan el oído externo, llegan al tímpano, que es una membrana, y éste vibra. A su vez, se encuentra conectado a la cadena de huesecillos que todos conocemos de nuestros tiempos jóvenes de colegio -y de ver «La vida es así» – : martillo, yunque y estribo. Gracias a estos huesos, se ponen en movimiento los fluidos del oído interno y determinadas células (las células ciliadas del caracol, u órgano de Corti) transforman esta vibración en impulsos eléctricos que llegan al cerebro a través de fibras nerviosas.

El objetivo del implante coclear es reemplazar la función de la cóclea dañada, en el oído interno, sustituyendo a estas células ciliadas que hacen de «traductor» entre las vibraciones – físicas- del oído y los impulsos eléctricos -químicos- del cerebro. Como la cóclea se estimula directamente mediante señales eléctricas, los componentes del oído externo y medio ya no sirven, siendo sustituidos por otras partes externas del implante. Así, la información llega codificada al cerebro. El sonido se capta a través de un micrófono y se envía a un procesador, normalmente, colocado detrás de la oreja. Éste codifica los sonidos en señales eléctricas y los envía a través de un cable a la antena de transmisión.

Así que, para niños que nacieron sordos, y son implantados ya desde pequeñitos, es posible desarrollar un lenguaje similar al de otros niños, muchos necesitarán aprender labio-lectura pero no será vital para ellos, ni necesitarán intérpretes de lengua de signos y podrán valerse por sí mismos para comunicarse con el resto del mundo.

El implante permite oír el tráfico, la bocina de los coches, vehículos y sirenas de emergencia, nombres, etc. Es importante porque puede servir de alerta en situaciones peligrosas. La información sonora recibida también ayuda a comprender el lenguaje y leer los labios más fácilmente. Esto es de un valor incalculable en niños que están aprendiendo a hablar para los que, tener un lenguaje comprensible, puede abrirles el camino a oportunidades sociales, educacionales y de conversación en un mundo de audición interactiva.

La memoria de los chimpancés

Los humanos también tenemos buena memoria. Recordamos muchos datos (algunos bastante complejos) a lo largo de nuestra vida. Somos capaces de aprendernos series aleatorias de números (claves, números de cuenta, teléfonos…) con relativa facilidad. Pero no somos los únicos.

Hay otros animales, como el cascanueces americano, que tienen una memoria espectacular. Éste pájaro tiene una especie de GPS interno y es capaz de esconder su comida en diferentes sitios y localizarla después del invierno, pese a que los sitios donde la escondió han cambiado de aspecto totalmente por las inclemencias del tiempo.

El profesor Tetsuro Matsuzawa de la Universidad de Kyoto (Japón) ha estudiado durante los últimos años la memoria de unos parientes muy cercanos: los chimpancés. Y sus resultados han sido y siguen siendo espectaculares. Los monos son capaces de aprender a contar del uno al nueve. Pueden identificar los números que le faltan a una serie, recordar secuencias cortas…

Pero quizás lo más alucinante de sus hallazgos haya sido el constatar lo buenísima que es la memoria fotográfica de los chimpancés. Y para muestra, un botón. Ved este vídeo y fijáos cómo los monos recuerdan las posiciones de los números y las siguen sin problemas cuando éstos se esconden y, sin embargo, los niños que juegan tras ellos fallan al llegar al 3 o al 4.

Quizás eso de que «somos los más listos» no sea tan cierto…

Fuente: vía @epunset en Twitter | Somos Primates