Identidades y filosofías: parte 1
Siempre me ha sorprendido como algunos periodistas se ven con el derecho de simplificar conceptos tan difusos como la identidad de un club o el pensamiento general de una afición. Vengo de ver los Deportes Cuatro y uno de sus vídeos llevaba el siguiente título: “esto no gusta al madridismo”. Como digo, increíble que se sientan lo suficientemente importantes como para afirmar tal cosa de buenas a primeras. No insinúo, ni mucho menos, que la lamentable escena de ayer en la entrada del túnel del vestuarios haya gustado a los seguidores merengues. Quizás no sea el mejor de los ejemplos. Pero lo que critico es la tranquilidad con la que se realizan semejantes aseveraciones sin ningún tipo de rigor.
En esta misma línea de generalizaciones baratas, aparece el concepto que la gente del deporte utiliza con total impunidad: la identidad de un club. ¿Qué es eso, señores? ¿Acaso unos valores tanto fuera como dentro de la cancha han de prevalecer en la forma de trabajar de un club? A menudo el término de la identidad o filosofía de club, siguiendo una estúpida moda, se sustituye por el de genética azulgrana, madridista o colchonera, lo que acaba por encenderme más, pues asocia cosas totalmente dispares.
No es que yo rechace la idea de que un club, como cualquier otra asociación, tenga por bandera una serie de principios que aplique de forma consecuente, ya que esa manera de hacer las cosas puede ser parte importante de una fórmula de éxito. Es la inexplicable manía de muchos de asumir tales principios como inmutables lo que me repugna. Las personas cambiamos nuestra forma de ser y nuestra “identidad” con el paso de los años, lógicamente. Lo reprobable es tratar de enmascarar algunas partes de nuestra personalidad dependiendo de la circunstancia. Pues bien, en un club, sobre todo de grandes dimensiones, es lógico que la estructura en todos los aspectos evolucione.
Quizás se me entienda mal. Si esos cambios en el método son para mal, han de ser criticados. Cuando la economía prima sobre la formación, por ejemplo. Sin embargo, no pienso tolerar que se aluda al Madrid de Di Stéfano constantemente en aras de cuestionar los nuevos proyectos. Han pasado cincuenta años desde entonces, el juego no tiene nada que ver por lo que los paralelismos son tonterías. En cuanto al tan mencionado señorío, está claro que es una cualidad que no conoce de épocas y seriamente dudo que dependa de los colores, sino más bien de las personas como individuos.
Comienzo a estar cansado del análisis nostálgico de Relaño y algunos más, cuando aluden a espíritus pasados. No les veía yo quejarse cuando la selección dejó la vitola de la furia, tan vacía en estilo, para establecer el toque como nuevo estandarte. Los cambios en la forma no han de ser malos y desde luego son necesarios de vez en cuando.
También me crispa la actitud de algunos periodistas de tendencia blaugrana, asentados en la idea de Guardiola como gurú intachable y convencidos de que todos los jugadores son ejemplares en todo momento, cuando bien es sabido que algunos siempre dan el cante con el micrófono delante. La derrota llegará, más tarde que temprano, y entonces veremos que la educación no es algo inherente a la camiseta, es algo personal. De ahí que sea más fácil encontrar a gente con actitud comedida ahora en Can Barça, cuando la cantera aporta tantos jugadores, que han sido criados en esos valores de respeto.
Francamente, la prensa deportiva sufre un deterioro cada vez mayor, y en vez de criticar tanto la forma de gestión de algunos equipos, por deleznable que sea, puede que debiera centrarse más en renovarse y tener claro que los principios que ahora mismo preponderan en el sector no son otros que el forofismo, el sensacionalismo, la oratoria débil y el mercantilismo, con salvadas y honrosas excepciones.









