Historia viva, historia eterna.

El Barça cerró ayer el capítulo más glorioso de su historia y probablemente también del fútbol con su victoria en el Mundial de Clubes. Aunque elevar una hazaña por encima del resto en este deporte es acometer una temeridad, está claro que el año 2009 del equipo blaugrana quedará inscrito en los libros de historia balompédica.

Después de lograr todos los títulos posibles, la presión mediática sobre los culés antes de la final era absolutamente insoportable. Prueba de ello son las lágrimas que derramó Guardiola al término del encuentro, más que justificadas. Estudiantes se adelantó en el marcador y luchó con garra y patadas para no ceder su ventaja. No obstante, el Barça se adueñó del balón y buscó el empate durante todo el segundo tiempo. Es cierto que sin el brillo de otras veces, pero el hecho es que Pedro, cuya estadística queda también para la posteridad, empató in extremis para éxtasis de la afición y justicia del fútbol.

En la prórroga, el éxito de los “todocampeones” parecía inevitable. Los argentinos estaban fundidos y lo habían dado todo en los noventa minutos previos. De ello se aprovechó Leo Messi, demostrando que uno de los motivos por los que ha obtenido el Balón de Oro ha sido su capacidad de resolver en momentos decisivos. Empujó el balón con su corazón, acelerando el de todos los hinchas del club.

Se ha cerrado el círculo y el Barça ha pertrechado un éxito absolutamente insuperable, suficiente para compararlo con los más grandes. Con todo, es importante destacar al artífice de semejante gesta, que no es otro que Pep, empeñado en negar su influencia capital en las victorias. Más allá de Messis o Pedros, es indudable que el verdadero culpable de estos seis trofeos es la persona que les ha dado la confianza y les ha mimado para que pudieran dar lo mejor de sí y escribir esta página magnífica e inolvidable en la historia del fútbol.

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