Nadal se lo piensa mejor
Por fin lo había logrado. Después de 11 meses de espera sin llevarse ningún torneo oficial, Rafa venció por sexta vez consecutiva en Montecarlo para volver por sus fueros: los de la victoria. Como ya comentamos en el blog, la tierra debía suponer un punto de inflexión. Sobre arcilla, el manacorí puede explotar todavía mejor sus cualidades y se siente mucho más seguro, para desesperación de sus rivales, incapaces muchas veces siquiera de hacerle sufrir.
En el Country Club monegasco, Nadal dio una verdadera exhibición. Destrozó sin piedad a todos sus rivales, algunos de entidad, en su camino a la final. La “Armada”, sobresaliente en el torneo, no pudo hacer cosquillas a su estandarte. Ferrero y Ferrer, temibles en la superficie, sucumbieron rápidamente ante el número tres. Y Verdasco, habiendo derrotado de manera clara a Djokovic en semis, estuvo a merced de Rafa en la final (6-0 6-1).
No obstante, pese a semejante control sobre sus contrincantes, a Nadal se le veía tenso en los momentos definitivos. A la hora de cerrar los encuentros, los nervios le agarrotaban las piernas y sus golpes, antes demoledores, se tornaban inofensivos. Por fortuna para él, en todos los duelos había adquirido tal ventaja gracias a su juego espectacular que sus nervios por ganar de nuevo no le jugaron una mala pasada, como sí ocurrió en la gira americana, donde perdió dos semifinales que dominaba en el marcador.
El hecho de luchar y no ganar, que es lo que verdaderamente importa a Rafa por encima del ránking, le torturaba mentalmente. De ahí esas lágrimas tras machacar a Verdasco, producto de la emoción del campeón. Un llanto dulce, con el sabor del triunfo olvidado, que no ha impedido a Nadal y a su equipo que las rodillas del genio no tolerarán los excesos del año pasado. Por eso Rafa ha renunciado a Barcelona, aunque ahora esté por fin capacitado mentalmente para ganar y seguramente habría arrasado en el Godó. La ambición controlada es el camino adecuado para hacerse con el quinto Roland Garros.











